Vaca sagrada de Diamela Eltit como proyecto contrahegemónico

Vaca sagrada of Diamela Eltit as a Counter-hegemonic Project

Nicky COHEN

Universidad Iberoamericana, México

cohennicky[at]hotmail.com

Impossibilia. Revista Internacional de Estudios Literarios. ISSN 2174-2464.

No. 18 (noviembre 2019). MONOGRÁFICO, páginas 145-164. Artículo recibido

05 de diciembre 2018, aceptado 24 de junio 2019, publicado 30 de noviembre 2019

Resumen: Este artículo demuestra que la novela Vaca sagrada de Diamela Eltit funciona como un proyecto contrahegemónico ficcional a partir de dos estrategias presentes en esta: denuncia y resistencia. La primera, se comprende a partir del concepto “biopolítica”, acuñado por Michel Foucault, ya que a la luz de este se puede visibilizar el control corporal y la vigilancia en la articulación social de los personajes. La segunda estrategia se fundamenta desde el concepto “cuerpo sin órganos”, planteado por Gilles Deleuze y Félix Guattari, porque permite exponer que en la novela se desarticula la construcción de los cuerpos a través de tres ejes discursivos que se des-organizan constantemente: cuerpo material, cuerpo textual y cuerpo político, a los que le corresponden los estratos organismo, significancia y subjetividad.

Palabras clave: biopolítica, Foucault, Deleuze, Guattari, cuerpo sin órganos, denuncia, resistencia, Diamela Eltit

Abstract: This article demonstrates that the novel Vaca sagrada by Diamela Eltit functions as a fictional counter-hegemonic project through two strategies that can be found in the novel: complaint and resistance. The first one is analyzed taking the concept “biopolitics”, made by Michel Foucault, to highlight the body control and surveillance in the social articulation of the characters. The second strategy is based on the concept by Deleuze and Guattari “body without organs”, because it can demonstrate that in the novel the construction of the bodies are disassembled through three discursive axes that question the hegemonic body: material body, textual body and political body, to which corresponds the three stratums organism, significance and subjectivity.

Keywords: biopolitics, Foucault, Deleuze, Guattari, body without organs, complaint, resistance, Diamela Eltit

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Las corrientes postestructuralistas se han encargado de visibilizar los dispositivos de poder1 que fijan una concepción homogénea de los cuerpos, la cual se corresponde con la ideología hegemónica.2 A partir de estas reflexiones, algunos escritores latinoamericanos3 de los siglos XX y XXI que vivieron en contextos de dictadura, violencia y desigualdad, intentan subvertir los discursos hegemónicos en torno al cuerpo para visibilizar nuevas maneras de habitarlo, entre quienes se encuentra la chilena Diamela Eltit. Estas representaciones corporales subversivas fungen como resistencia política ante los ambientes de violencia en sus respectivos países. En este artículo se busca comprobar que su novela Vaca sagrada se posiciona en esta línea de investigación-experimentación literaria que tanto denuncia como resiste los discursos hegemónicos que limitan las representaciones de los cuerpos a fin de visibilizar un periodo violento y dictatorial.4 Es por esto que se hace referencia a un proyecto contrahegemónico, es decir, una narración que subvierte la representación material social y filosófica predominante, en su contexto, del cuerpo.

Además, como señala la biopolítica foucaultiana, al ser imposible separar la vida biológica de los cuerpos de los discursos sociopolíticos que los atraviesan, se propone que esta novela de Eltit busca nuevas formas de pensar los cuerpos. Nos ayudamos a la par con la propuesta del cuerpo sin órganos de Gilles Deleuze y Félix Guattari, y sus tres estratos: organismo, significancia y subjetividad, por considerar que en Vaca sagrada se vislumbra una des-organización5 de estos estratos.

Cuerpos biopolíticos

Michel Foucault, a través del estudio arqueológico6 del castigo, identifica que en las sociedades actuales hay una interiorización de la vigilancia, fenómeno que explica a través de la conceptualización de la arquitectura carcelaria de Jeremy Bentham llamada panóptico. El propósito de dicha construcción es que las personas presas se sepan en constante observación sin que el vigilante tenga que estar presente, es decir, se sienten observadas por la estructura misma. Para Foucault el panoptismo “induce [en los cuerpos] un estado consciente y permanente de visibilidad que garantiza el funcionamiento automático del poder. Hace que la vigilancia sea permanente en sus efectos, incluso si es discontinua en su acción” (Foucault, 2009: 221).

El filósofo argumenta que mediante esta vigilancia los cuerpos se sienten obligados a cumplir con los discursos dominantes que instrumentalizan el cuerpo y garantizan su “mejor” funcionamiento como fuerza de trabajo. Y nombra a este proceso como creación de cuerpos dóciles.

La vigilancia y la incorporación del panóptico, por parte de los cuerpos, en un ámbito en el que el gobierno es autoritario, suponen una violación constante a los derechos humanos de las y los ciudadanos. La novela Vaca sagrada se escribe después de un ambiente político de esa índole: la dictadura de Augusto Pinochet, que tuvo lugar de 1973 a 1990 en Chile. Aunque su mandato ya había terminado, la violencia y la desigualdad siguieron presentes en la etapa de la Transición Democrática. En esta novela de Eltit hay una denuncia por parte de la protagonista, Francisca, de la incorporación del panóptico y la violencia en la que vive. En la construcción de “Ciudad”,7 como espacio narrativo, siempre hay un ojo vigilante que la persigue y la atormenta, lo que se puede ejemplificar con estas citas: “Me acompaña a todas partes un ojo escalofriante” (Eltit, 1991: 11) y “alguien me seguía. Supe claramente que un hombre me seguía mientras caminaba por la avenida” (1991: 129). El panoptismo, entonces, está completamente interiorizado por los personajes de la novela.

La estructura panóptica no solo supone una constante vigilancia, sino también una distribución ordenada de los cuerpos en el espacio. Se establecen divisiones y parcelas para mapear la presencia y la ausencia de los cuerpos en las ciudades. Foucault dice que “cada individuo su lugar, y en cada emplazamiento, un individuo” (2009: 166). En la novela, la protagonista busca dentro de Ciudad un espacio para su propio cuerpo con el fin de construirse a sí misma y olvidar su propia historia: “dejé atrás toda mi historia para reiniciar el aprendizaje del mapa de la Ciudad, de los cuerpos en la ciudad, de los rostros” (Eltit, 1991: 31). Francisca está consciente de que cada cuerpo tiene un lugar específico y que el mapa de Ciudad determina la representación de los cuerpos.

La estructura del panóptico, la incorporación de la vigilancia y la división del espacio son antecedentes del concepto de biopolítica foucaultiana (Foucault, 2010). El filósofo propone con dicho concepto que, a partir del siglo XVIII, el poder en vez de enfocarse en la muerte, comienza a enfocarse en la vida, en los cuerpos y en cómo estos se desarrollan. La biopolítica necesita de discursos cientificistas que respalden el control corporal: la psiquiatría, la medicina, la sexualidad como disciplina didáctica, la educación, la biología, entre otros. Todos estos discursos controlan la vida de los cuerpos a partir de sus respectivos enfoques (Foucault, 2010: 32).

La dimensión discursiva e institucional de la biopolítica provoca que un cuerpo educado, limpio, ético y orgánico sea reconocido como salubre, ya que se representa dentro de los parámetros impuestos por cada discurso de poder (Foucault, 2009: 157). La salubridad no solo consiste en el estándar de limpieza, sino que también requiere de una forma de actuar específica, un grado de educación mínimo y refiere a un modo de representar el cuerpo dentro de las categorías impuestas por los discursos hegemónicos. En la siguiente cita de Foucault, en la que explica el conjunto de juicios que se hacen del cuerpo criminal, se puede notar que el discurso sanitario intenta normalizar los cuerpos a través de una serie de diagnósticos que pretenden organizarlo desde su particular perspectiva: “[se hace] todo un conjunto de juicios apreciativos, diagnósticos, pronósticos, normativos, referentes al individuo delincuente [que implican] juicios acerca de la normalidad de los individuos” (Foucault, 2009: 29). Así, lo salubre funciona como un dispositivo de poder que engloba los discursos hegemónicos que controlan la representación y la materialidad de los cuerpos.

La salubridad como dispositivo es manifestada por el personaje de Sergio en tres intervenciones suyas en el cuerpo de Francisca: la representación, la intervención material y el rechazo a la menstruación. La primera se puede visibilizar cuando Sergio habla acerca del cuerpo de Francisca pues lo hace desde el discurso que él construye para ella: “me habló de esa olvidada Francisca […] le adjudicó a su nombre un cuerpo saturado de historia […] entendí que me encontraba enfrentada con un hombre inmerso en una repetición que no tenía forma de frenar” (Eltit, 1991: 52-53). Esta repetición se interpreta como el deseo de Sergio de que Francisca quepa en las categorías impuestas por los discursos hegemónicos; aquellas que los cuerpos “normales o cargados de historia” se encargan de reproducir una y otra vez (Foucault, 2009: 160).

La segunda intervención corresponde a la material, es decir, el control de la carne y de la materia orgánica de la protagonista: “sabiéndome deformada, intenté ocultar la anormalidad […] pero aun así, era imposible constatar la imperfección. Sergio ya lo había notado y me sugirió una nueva forma de alimentación” (Eltit, 1991: 125). Él le propone a Francisca el modo “correcto” o “salubre” de alimentarse para que su cuerpo material, al igual que su representación, se normalice.

Finalmente, se puede identificar la denuncia de la novela ante el discurso de la salubridad, a partir del rechazo de Sergio hacia el cuerpo de Francisca cuando menstrúa. La lectura de la menstruación, desde una perspectiva sanitaria, es que produce asco al atribuírsele la significación de deshecho, porque es el residuo de lo que no fue un embarazo. Por lo tanto, cuando Sergio se resiste a tener encuentros sexuales con la protagonista mientras está sangrando, se puede entablar una última relación entre este personaje y el discurso de lo salubre. Sergio dice que Francisca “sangraba de abajo como una mujer enferma” (Eltit, 1991: 44). Es decir, interpreta la menstruación como enfermedad y como un indicador de suciedad; de ahí este rechazo excepcional hacia al cuerpo femenino. Sergio, sin que se mencione que es un personaje en una posición de poder, es un reproductor de la maquinaria biopolítica.

Estos argumentos demuestran que Vaca sagrada denuncia la incorporación del panoptismo y los parámetros de normalización que la salubridad, como dispositivos de poder, imponen sobre los cuerpos. Entonces, la novela hace evidente el control biopolítico de la vida en las sociedades actuales. Pero la obra literaria no solo funciona como denuncia, también hay una resistencia y un intento de construir, desde la ficción, un proyecto contrahegemónico.

Cuerpo material: resistencia al organismo

Deleuze y Guattari proponen el concepto “cuerpo sin órganos” como resistencia a las categorías hegemónicas de representación del cuerpo. Plantean que para “hacerse” un cuerpo sin órganos se debe romper con tres estratos que lo instrumentalizan. El primero de ellos es el del propio acomodo orgánico del cuerpo, que lo jerarquiza y lo unifica en un todo que funciona a partir de distintos órganos que cumplen una función específica: “fenómeno de acumulación, de coagulación, de sedimentación que le impone [al cuerpo] formas, funciones, uniones, organizaciones dominantes y jerarquizadas, trascendencias organizadas para extraer de él un trabajo útil” (Deleuze y Guattari, 2015: 164).

En la novela, el cuerpo de la protagonista rompe con el organismo, porque siempre está abierto, es decir, no tiene un adentro que funcione con un orden particular que permita la relación con el afuera. El adentro y el afuera están unidos. Su cuerpo no está delimitado por el organismo; esta afirmación puede comprobarse en dos momentos específicos: la menstruación como expansión hacia el cuerpo del otro y el cuerpo enfermo como ruptura con todo límite orgánico.

Como se mencionó en el apartado anterior, para los discursos médico y biológico la menstruación es la negación de la función instrumental del cuerpo desde el paradigma de lo femenino. En la novela, la regla como significante adquiere un significado que rompe con esta concepción hegemónica del cuerpo femenino, por lo que se puede hacer una relación entre la menstruación en la novela y la ruptura con el primer estrato propuesto por Deleuze y Guattari.

Por su parte, el cuerpo menstruante8 como ruptura con el organismo se interpreta así en el segundo capítulo de la novela. En este se narra la conexión, que cada vez se hace más íntima, entre Francisca y Manuel. Al principio, la protagonista no logra establecer un vínculo con el cuerpo de Manuel, menciona que “lo sexual no me interesaba demasiado pues me parecía nada más que un rito” (Eltit, 1991: 17). Pero, a lo largo del capítulo, esta imposibilidad de acercarse al cuerpo del otro durante el acto sexual cambia por la intervención del hilo de sangre que deja caer sobre Manuel. Crea así una conexión entre sus cuerpos y comienza a disfrutar del acto sexual, lo que se puede ejemplificar con esta cita en la que Francisca habla de este momento como la cúspide de su encuentro:

De pie, abierta de piernas, mi sangre corría sobre Manuel y esa imagen era interminable […] Manuel pedía que le contagiara mi sangre […] era ahí, entre la sangre, cuando tocábamos el punto más preciso de la turbulencia genital (Eltit, 1991: 24).

La menstruación es un desborde del organismo de Francisca, ya que su cuerpo no solo es lo que hay dentro de su piel. La gota de sangre que cae sobre Manuel es parte del cuerpo de la protagonista: “jamás hablábamos de la sangre. Simplemente la esperábamos para generar la confusión entre nuestros cuerpos” (Eltit, 1991: 25). La menstruación funciona como un significante que rompe con el organismo uniforme y delimitado, ya que abre la posibilidad de una unión material des-organizada.

También, se puede establecer esta relación entre la ruptura con el organismo y el tratamiento del cuerpo material de la protagonista por medio de la desintegración de su cuerpo enfermo. En el quinto capítulo, al final de cada fragmento, aparece una voz que describe con gran detalle la enfermedad de la protagonista a partir de los cambios que se dan en su carne. La narradora, voz en tercera persona, afirma que la enfermedad de Francisca “fue una completa desintegración, con su cuerpo explotado por todos los poros” (Eltit, 1991: 69). Los adjetivos que más se utilizan para describir el cuerpo enfermo de Francisca apuntan a que se ha salido de sí y ya no tiene una lógica interna: desintegrado, explotado, carente de forma, entre otros. Entonces, la instancia narrativa fija su atención en la pérdida de los límites del cuerpo de la protagonista. Esta no es un organismo es un “CsO [que] se revela como lo que es: conexión de deseos, conjunción de flujos, continuum de intensidades” (Deleuze y Guattari, 2015: 166). El cuerpo enfermo en la novela rompe con toda lógica orgánica, por lo tanto, desintegra cada pedazo de carne y cada límite; todo el organismo pierde sentido. El principio operativo que permite relacionar estos momentos materiales del cuerpo de la protagonista es el de la posibilidad de representar el cuerpo que está fuera de sí.

Cuerpo textual: escritura sin significación

El segundo estrato que, según Deleuze y Guattari, se debe desestructurar para ser un cuerpo sin órganos es el de la significación que categoriza y otorga una interpretación homogénea de cada órgano. Si un cuerpo se asume como organismo, acepta una organización y, a partir de esta, la significación otorga a cada órgano una interpretación y una función específicas. “La significación se adhiere tanto al ‘alma’ como el organismo al cuerpo, tampoco es fácil deshacerse de ella” (Deleuze y Guattari, 2015: 165). Un “cuerpo sin órganos” rompe y se opone a estas significaciones para encontrar nuevas, y nunca estables, experimentaciones para sí; lo cual se relaciona con la construcción formal de la novela, pues los recursos con los que está formado el discurso dentro de ella, no responden a la concepción hegemónica de un texto con una significación causal, organizada y jerárquica. Esto se demuestra al enfocarse en la des-conexión entre el orden de la trama y el del discurso de Vaca sagrada, en la conexión semántica entre sus capítulos, su constante cambio de narradoras/es y la simultaneidad de historias.9

La novela está conformada por once capítulos que, a su vez, narran fragmentos de la vida de Francisca y su relación con Sergio, Manuel y Ana. Aunque se puede describir una trama, su secuencia no se corresponde con el orden del discurso, por lo que la relación entre los capítulos no es de causalidad, sino de semántica. Hay una serie de significantes que se repiten en todos los apartados que establecen esta relación: el ojo, el vino, la mano asalariada, el invierno, la noche, el pájaro, el perro y el animal. Pero, en cada uno de los fragmentos, los significantes adquieren un significado distinto; proceso que se puede relacionar con la ruptura del segundo estrato mencionado.

Deleuze y Guattari afirman que un cuerpo sin órganos debe escapar de la significancia estable, pero tiene “que conservar pequeñas provisiones de significancia y de interpretación, incluso para oponerlas a su propio sistema cuando las circunstancias lo exigen” (Deleuze y Guattari, 2015: 165). Si bien estas ruptura y oposición entre significados están presentes en todos los significantes antes mencionados, se hará énfasis en uno en particular: el pájaro y sus distintas significaciones.

Al principio de la novela, el pájaro se identifica con el discurso hegemónico y el falo que penetra de forma violenta el cuerpo de Francisca: “Sentí cómo una estaca que venía a meterse a mi ojo derecho para cegarme, se desviaba a último momento y se incrustaba entre mis piernas” (Eltit, 1991: 97). La protagonista relaciona el ave con el miembro viril que la obliga a canalizar el placer sexual en los genitales. Entonces, la primera significancia de este símbolo en la novela se establece por la relación entre el pico del pájaro y su forma fálica; también por la presencia de este significante en los encuentros sexuales que tiene la protagonista con Sergio y, por último, por la penetración genital del pájaro en el cuerpo de Francisca.

En el cuarto capítulo la significancia del pájaro cambia, ahora es el cuerpo del hombre viejo y decadente que la protagonista ve afuera de la casa de su abuela: “[el viejo] esperaba que yo certificara que era un hombre, no cualquier cosa, no un animal ni una basura, sino un hombre de verdad […] desde la cintura para abajo parecía un pájaro en agonía” (Eltit, 1991: 46). El pájaro en este capítulo es significante del cuerpo masculino decadente que se reafirma a través del falo. Las distintas significaciones de los cuerpos masculinos hegemónicos y decadentes se yuxtaponen en el ave.

En el último capítulo, el pájaro vuelve a transformarse. La protagonista hace un viaje a Sur en búsqueda de Manuel y lo único que encuentra es una bandada de pájaros que huyen del frío invernal de Pucatrihue. Francisca se percata de que la parvada “haría cualquier cosa por sobrevivir y por eso la atrocidad primitiva que los habitaba” (Eltit, 1991: 182). Así, el pájaro en singular es violento por su posición de poder, que implica una imposición sobre el otro, como vimos anteriormente, mientras que la bandada es violenta a fin de sobrevivir. Esta última significación ridiculiza el discurso hegemónico al mostrar lo violento que es tener una posición de privilegio, por la imposición implícita sobre alguien o algo más. En cambio, en la bandada no hay posiciones privilegiadas, es un cuerpo comunitario que se cuida y sobrevive y que ejerce la violencia sólo como resistencia.

El cambio constante de la significancia en la novela está relacionado con el primer estrato, con el que rompe un cuerpo sin órganos, ya que la composición de los significantes, al yuxtaponer distintas significaciones, se asocia asimismo con la ruptura del organismo. La coacción de un cuerpo sobre otro por su posición de privilegio, ejemplificada con la figura del ave, se relaciona con la jerarquización del organismo: el corazón es más importante porque bombea la sangre, los genitales son imprescindibles para sentir placer; afirmaciones que solo se entienden en la medida en que hay un organismo. Jerarquizar la función de los órganos es violento, pues conlleva una imposición de ciertos órganos sobre otros; lo que se puede relacionar con la violencia de un cuerpo hegemónico sobre otros cuerpos que no tienen un lugar privilegiado.

Entonces, la ruptura con la posición hegemónica del pájaro se traslada a la ruptura del organismo. La repetición semántica que unifica los capítulos los des-unifica de manera simultánea, pues la significancia se articula desde una lógica que no es orgánica.

Deleuze y Guattari mencionan de forma irónica la lectura de un cuerpo, desde una mirada hegemónica, que rompe con la significancia: “serás significante y significado, intérprete e interpretado –de lo contrario, serás un desviado (Deleuze y Guattari, 2015: 164). Aunque este argumento, como burla hacia la mirada hegemónica, plasma muy bien la desviación de Vaca sagrada de lo que debe ser un texto desde una visión orgánica y jerarquizada del discurso: la cabeza del texto para plantear la historia, el cuerpo para desarrollar los conflictos y los pies para resolverlos.

En la novela, este orden se rompe gracias a varios recursos literarios que permiten pensarla desde la lógica del fragmento, explicada con los cambios de narradores,10 la simultaneidad de historias y la inconexión secuencial entre fragmentos de un mismo capítulo. Así, la trama está construida a partir de distintos narradores con focalización interna y sin definición clara, por lo que no se sabe a ciencia cierta quién es el personaje que está narrando o cual personaje está focalizando el narrador. Hay tres principales instancias narrativas: una extradiegética con focalización interna variable; otra intradiegética también con focalización interna variable, identificada principalmente con la voz de la protagonista; y la de un narrador intradiegético con focalización interna fija, que no permite reconocer qué personaje es el que habla. El cambio de voces y de perspectivas tiene como efecto la falta de unidad en la composición discursiva de Vaca sagrada.

En el quinto capítulo se observan todos estos recursos literarios al haber tres historias que suceden de manera simultánea. La primera corresponde al primer encuentro de Sergio con Francisca y está narrada desde una perspectiva extradiegética con una focalización interna variable. La segunda está construida a partir de diálogos de una voz desconocida, que puede vincularse tanto con la de un médico como con Francisca por narrar la estancia de la protagonista en el hospital. La tercera es una reflexión acerca de la enfermedad de Francisca, hecha por una voz intradiegética con focalización interna fija. En este capítulo hay una simultaneidad de historias inconexas, variación de narradores, imposibilidad de delimitar personajes y un orden discursivo que no corresponde al orden de la trama. Todos estos son recursos literarios que alteran la significación y el orden causal del texto. A partir de ellos se comprende la lógica fragmentaria que se hace evidente en Vaca sagrada, pues alteran la unificación del texto y la composición secuencial de la trama; características propias de un texto orgánico con una significación jerárquica propia del cuerpo orgánico y significante, al que hacen referencia Deleuze y Guattari, que se desestructura a través de la construcción formal de la novela.

Cuerpo político: una política de la escritura contrahegemónica

El último estrato propuesto por Deleuze y Guattari con el que se debe romper para ser un cuerpo sin órganos, es la subjetividad. Es decir, el estrato que permite expresarse desde un yo con un lugar de enunciación específico. A partir de la acumulación de significaciones estratificadas y jerarquizadas, el cuerpo se unifica en una lógica interior que le permite nombrarse como un yo. Cuando se rompe con la subjetividad, no hay posibilidad de un único lugar de enunciación; “el cuerpo sin órganos nunca es el tuyo, el mío… siempre es un cuerpo” (Deleuze y Guattari, 2015: 168). El cuerpo se convierte en una multiplicidad que está fuera de los límites del organismo. La des-subjetivación en la novela se hace patente a través del intercambio de roles y la fusión de los cuerpos de los personajes; la relación con el otro que subvierte la función del panóptico, y, por último, a partir de la posibilidad de crear un cuerpo múltiple.

En Vaca sagrada, la construcción de los personajes rompe con el estrato de la subjetividad al no haber una diferencia clara entre un cuerpo y otro, por lo que los cuerpos no pueden hablar desde un yo unificado. Francisca nunca es “un Yo que siente, actúa y se acuerda, es una ‘bruma brillante y un vaho amarillo e inquietante’ que tiene afectos y experimenta movimientos, velocidades” (Deleuze y Guattari, 2015: 167). Esta ruptura con el último estrato se efectúa en la novela por la multiplicidad de narradores, apuntada en el apartado anterior; también por el intercambio de roles entre los personajes y la fusión entre sus cuerpos.11

Dicho intercambio es muy evidente en el sexto capítulo. En este la protagonista habla sobre su prima Ana y la relación que tiene con ella. La narradora cuenta con detalle un encuentro sexual entre Manuel y Ana en la pista de baile. Al comienzo del capítulo, la relación erótica se da entre estos dos personajes mientras Francisca los observa: “los vi sonreír y someter sus diferencias genitales en el instante en el que se levantaron hasta la pista” (Eltit, 1991: 86). Aunque Francisca no es parte del encuentro entre Ana y Manuel, posteriormente, sustituye el cuerpo de Ana por el suyo. Su mirada le permite gozar del encuentro sexual entre Manuel y Ana desde su propio cuerpo: “busqué la mano de Manuel para que me tocara, me tocara abajo el placer, sin importar la presencia de los otros cuerpos” (Eltit, 1991: 87). El cuerpo que está en la pista de baile con Manuel no solo es el de Ana, el de la protagonista también está ahí y, por el acto de mirarla, esa mano masculina también satisface el cuerpo de Francisca. Los roles de los cuerpos se intercambian y se diluyen. Entonces, los personajes carecen de una subjetividad propia y única pues en el intercambio experimentan el placer del otro desde sí mismos; no tienen un espacio de enunciación limitado por el yo.

No solo hay una experimentación propia a través del otro, sino además una fusión entre los cuerpos que los vuelve inseparables: cuerpos múltiples. Los cuerpos de Ana y de Francisca diluyen los límites entre sí y, a su vez, los cuerpos de Manuel y de Francisca conforman un único cuerpo múltiple a partir de la detención del hombre en Sur. En este mismo capítulo, la protagonista explica que “Ana amaba todo lo que yo amaba y nos desagradaban las mismas cosas” (Eltit, 1991: 79); “Ana quería apoderarse de mi mundo, pretendía tomar todo lo que yo tocaba” (1991: 79) y “Ana y yo estábamos indisolublemente unidas” (80). Todas estas afirmaciones nos permiten concebir también los cuerpos de los dos personajes femeninos como un cuerpo múltiple sin límites marcados por la subjetividad.

La des-subjetivación, modo con el que se nombramos aquí la ruptura con la subjetividad, permite interiorizar el mecanismo de la vigilancia, propio del panoptismo hegemónico, para una construcción del cuerpo que está fuera de sí. A partir de esta apropiación de la vigilancia, la protagonista puede relacionarse con el otro de un modo que subvierte la función del panóptico en la que la mirada ajena no funciona como un ojo que impone categorías establecidas por el discurso hegemónico. En el apartado “Cuerpos biopolíticos”, se ha mencionado la relación entre Sergio y Francisca como una representación de este dispositivo de poder que denuncia la relación con el otro. Esta relación es distinta de la que construye la protagonista con Manuel, ya que a partir del saberse vigilada por él, disfruta de sí misma y se reconoce múltiple y cambiante:

De manera inesperada descubrimos nuevas formas de acercarnos. Entendí que el cuerpo de Manuel podía disponerse para mí de una manera que no había contemplado […] en esos meses logré ser sólo [sic] un cuerpo que cumplía diversas obligaciones amplificado por el lenguaje arcaico que lo envilecía (Eltit, 1991: 24).

Con “en esos meses logré ser sólo un cuerpo” se advierte la pérdida de la subjetividad, ya que, como mencionan Deleuze y Guattari (2015: 168), cuando se rompe con el tercer estrato se pierde el lugar de enunciación, no se puede hacer referencia a mi cuerpo o tu cuerpo, es solo un cuerpo. Y se da la ruptura del organismo, pues las diversas obligaciones que cumple aquel cuerpo amplificado no están relacionadas con la instrumentalización de este, sino que son obligaciones creadas a partir de los deseos del cuerpo mismo, por lo tanto, su función responde a una materialidad que está fuera de sí. Por último, la desestabilización de la significación se interpreta al tomar como base el lugar que la instancia narrativa da al lenguaje: el discurso hacía vil la importancia de su cuerpo, pero a través de la des-significación, el lenguaje es re-interpretado para amplificar su cuerpo en vez de constreñirlo. Su relación con Manuel le permite ser solo un cuerpo, uno sin organismo, significancia ni subjetividad.

Deleuze y Guattari afirman que el cuerpo sin órganos está latente en las sociedades actuales, aunque no todos los cuerpos sin órganos rompen con todos los estratos, pues “detrás de un estrato siempre hay otro estrato, un estrato encajado en otro estrato” (Deleuze y Guattari, 2015: 164). Por ello, es necesario hacer la aclaración de que aunque este análisis solo se enfoca en estos estratos principales, se podría buscar otros que también fuesen cuestionados dentro de la novela. Además, aunque para fines prácticos se ha separado el análisis de cada uno de ellos en el artículo, hay que indicar que dentro de la obra estos operan y se desarticulan en conjunto, es decir, son interdependientes. Los ejes sugeridos, cuerpo material, textual y político, son divisiones que únicamente facilitan el análisis de la novela.

Por ejemplo, se puede mostrar de forma precisa la relación entre los tres ejes y los estratos en el capítulo ocho, en el cual aquéllos aparecen de forma simultánea y se des-organizan, des-significan y des-subjetivan en conjunto. En ese mismo apartado se narra la construcción de un cuerpo múltiple compuesto por la fusión de los cuerpos de las trabajadoras en la fiesta, la cual en realidad es un intento de revolución. La des-organización se advierte en la construcción material del cuerpo múltiple de las trabajadoras; la des-significación, a partir de la alteración de los significados de los cuerpos; y por último, la des-subjetivación, por la pérdida de las peticiones personales para sumarse a una causa en común.

La des-organización del cuerpo de las obreras se da por la negación de una lógica interna. Ellas son concebidas como un cuerpo múltiple sin un adentro ni un afuera. Podemos notar esta característica del cuerpo material múltiple, formado por las manos asalariadas unidas, cuando la narradora, usando la primera persona del plural, remite a la petición habitacional que anuncian en la fiesta: “Nuestros cuerpos chocan contra las paredes y la altura de los techos […] nuestro problema habitacional deberá ser resuelto” (Eltit, 1991: 132). En el apartado “Cuerpos biopolíticos” se ha hecho una reflexión de la visión hegemónica del espacio, es decir, como un lugar que contiene y organiza los cuerpos. En esta última cita se advierte la materialidad desbordada del cuerpo múltiple de las trabajadoras, pues sus extremidades chocan contra las paredes y los techos, porque el cuerpo abierto no puede ser contenido en un espacio delimitado. El “problema habitacional” muestra la construcción material de un cuerpo múltiple que no puede ser constreñido por la construcción hegemónica del espacio. Ciudad forma cuerpos y el cuerpo múltiple demanda deformar Ciudad para poder habitarla.

La des-significación de este cuerpo des-organizado se evidencia en la inscripción de la tinta en su carne pues afirman: “acordamos imprimir las demandas en el muslo izquierdo, en el centro mismo de la nalga” (Eltit, 1991: 132). La impresión de las demandas ocasiona que el muslo adquiera la función de un “símbolo emblemático” (1991: 131), que las une en un cuerpo múltiple. Desde una mirada hegemónica, el muslo es solo un medio, es decir, una parte que permite la movilidad del cuerpo. Pero, con el tatuaje, la pierna adquiere un lugar protagónico para el cuerpo múltiple. La significación cambia, ya que la jerarquización del cuerpo significante se desestabiliza por la importancia que se le da a solo una de sus partes.

La des-subjetivación se interpreta en la unión de las trabajadoras por compartir los mismos intereses. El cuerpo múltiple no está formado por distintas subjetividades con intereses personales, sino que es un todo unido por las manos asalariadas que demandan un espacio habitacional. A su vez, los muslos tatuados con los mismos lemas diluyen la diferencia entre subjetividades, pues la representación que hacen las trabajadoras de su cuerpo, a partir de esta marca de tinta en su carne, es intersubjetiva. Esto permite corroborar la desarticulación de los tres estratos en la novela de Eltit. Con esto se hace evidente que la desestabilización de los tres estratos opera tanto en conjunto como de forma independiente.



Para concluir, confirmamos que, en efecto, Vaca sagrada funciona como un proyecto contrahegemónico ficcional. Crea una política de la escritura o una lógica textual que puede entenderse en contraposición a la representación hegemónica del cuerpo, el discurso y la política. Esta política textual interna puede ser entendida al utilizar el concepto cuerpo sin órganos, ya que a partir de la ruptura con los tres estratos que Deleuze y Guatarri proponen, es posible hacer una interpretación que muestre el carácter de denuncia y subversión de cada uno de los ejes corporales tratados en este artículo. La novela de Diamela Eltit, entonces, ejemplifica una política de la escritura que des-organiza el cuerpo material a través de su construcción de la menstruación y de la enfermedad, des-significa el cuerpo textual a partir de la desconexión entre la trama y la secuencia narrativa, la construcción semántica y su estilo fragmentario; por último, des-subjetiva el cuerpo político por medio de las distintas relaciones con el otro y la posibilidad de crear un cuerpo múltiple, de modo que, por medio de la ficción, la escritora chilena se opone a la hegemonía.

Referencias bibliográficas

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1 Se entiende aquí el poder en los términos establecidos por Michel Foucault, esto es, el tejido de relaciones y discursos que funcionan de forma horizontal, donde cualquiera puede ser a la vez dominante y dominado. En Las palabras y las cosas, se menciona que el poder no es un elemento físico, sino que está compuesto por un tramado de discursos que no se poseen, se ejercen. Foucault explica que el conocimiento está del lado del poder, y es este el que le da el estatuto de verdad. Por lo tanto, el conocimiento no es previo a los discursos regentes de una época, más bien es su producto y se posiciona como verdadero, a partir de las reglas establecidas por el sistema de saber de cada momento histórico: “poder y saber se implican directamente uno al otro: poder-saber” (Foucault, 2009: 36).

2La hegemonía, para Antonio Gramsci, es el modo material, social y filosófico específico de un momento histórico, es decir, el pensamiento ideológico dominante de una época que tiene implicaciones materiales en esta: “la elaboración unitaria de una conciencia colectiva que exige condiciones e iniciativas” (Gramsci, 1999: 99).

3 Algunos de los escritores a los que se hace referencia son: Luisa Valenzuela, Julio Cortázar, Roberto Bolaño, Raúl Zurita, Augusto Roa Bastos, Nestor Perlongher, entre otros (Estrada, 2007).

4 Kemy Oyarzún (2017) también coloca la novela de Eltit dentro de la literatura crítica ante la política de las ciudades latinoamericanas, a partir de La ciudad letrada de Ángel Rama (1998). Para visibilizar dicha postura crítica, Oyarzún aplica la biopolítica de Foucault y explora el control de los cuerpos, que visibiliza la narración, en las ciudades modernas de Latinoamérica.

5El término des-organiza no apunta a la definición de desorganización que aparece en el diccionario. Es un neologismo, que se propone en este artículo para enfatizar la ruptura de la concepción del cuerpo humano como conjunto organizado e integrado por órganos con una función específica. Así, con des-organizar se alude a la liberación de la comprensión del cuerpo como organismo.

6 Foucault describe su trabajo como un rastreo arqueológico (1967, 1968, 2002, 2009, 2010). Se entiende arqueología desde esta acepción como el acercamiento al sistema del saber, con la certeza de que este está posicionado como verdadero, por reglas que responden al poder. A su vez, estas reglas determinan los límites del saber en cada época. El método arqueológico le permitió a Foucault analizar el saber en cada contexto con la conciencia de que éste estaba determinado por el poder y las reglas regentes; por lo tanto, comparar el pensamiento de distintos momentos históricos sin juzgarlo desde el discurso actual, sino con una conciencia historiográfica. Para Foucault, la arqueología “es un estudio que se esfuerza por reencontrar aquello a partir de lo cual han sido posibles conocimientos y teorías; según cuál espacio de orden se ha constituido el saber” (1968: 7).

7 En la novela de Eltit hay dos espacios ficcionales, Ciudad y Sur, en ambos se usa la mayúscula inicial, lo que nos señala que no son sustantivos, sino nombres propios.

8 Los nuevos feminismos visibilizan el rechazo al cuerpo menstruante, lo que puede relacionarse con el tratamiento de la sangre menstrual en la novela (Lozano Ruiz, 2010).

9 María Verónica Elizondo explora esta cualidad fragmentaria en la narrativa de Eltit.: “el lenguaje fragmentario que caracteriza su escritura, discute los discursos hegemónicos y pone en conflicto las representaciones familiares, plasmando una serie de descentramientos que sufren sujetos violentados por razones políticas, económicas, educativas, genéricas y afectivas. La ruptura de la linealidad del lenguaje, la búsqueda de un protolenguaje, es el proyecto político-estético de la autora” (2015: 90).

10 Los distintos narradores y sus perspectivas se analizan a partir de la propuesta de Gerard Genette (1989). Se utilizan dos categorías: focalización interna fija (cuando la historia se cuenta desde el punto de vista de un solo personaje) y focalización interna variable (cuando se cuenta a partir del punto de vista de varios personajes). Asimismo, se alude a la perspectiva narrativa con las categorías de extradiegético (el narrador que se localiza fuera de la diégesis) e intradiegético (el narrador que se encuentra dentro de la diégesis).

11 Fernando T. Moreno aborda la pérdida de la subjetividad desde un ángulo distinto: propone que la novela “desmantela, diluye espacio, tiempo y sujetos históricos” (Moreno, 1993: 174) a través de un trabajo con el cuerpo en donde se muestra su vulnerabilidad. Por lo tanto, postula que el cuerpo, como espacio de relación entre sujeto e historia, al estar representado de forma mutilada, lastimada y violentada, desestabiliza dicha relación.

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