Hablar de violencia. Voces de niñas y niños en la obra de Socorro Venegas y Sylvia Aguilar Zéleny1

To talk about violence. Children’s voices in Socorro Venegas and Silvia Aguilar Zéleny’s works

Adriana PACHECO ROLDÁN

Universidad de Texas en Austin, EUA

apacheco[at]utexas.edu

Impossibilia. Revista Internacional de Estudios Literarios. ISSN 2174-2464.

No. 18 (noviembre 2019). MONOGRÁFICO, páginas 118-144. Artículo recibido

01 de mayo 2019, aceptado 18 de septiembre 2019, publicado 30 de noviembre 2019

Resumen: La producción literaria de las escritoras mexicanas Socorro Venegas y Sylvia Aguilar Zéleny, se ha convertido en importante caja de resonancia para tratar temas como violencia infringida a niñas, niños y jóvenes, negligencia, trabajo físico a temprana edad, embarazo precoz y alcoholismo. Su obra dialoga con lo que Cristina Rivera Garza llama “la estética desapropiativa”, que produce una escritura contestataria desde donde se contribuye al bien común. Este artículo revisa en algunos cuentos comprendidos en los libros La risa de las azucenas (1997) de Venegas y Nenitas (2013) de Aguilar Zéleny, el uso de voces de menores para revelar nociones de violencia y poder, con base en las ideas sobre “tensión narrativa” de David Stromberg, quien ve que el valor narrativo del texto y la apertura del horizonte interpretativo del lector se crea en la distancia que la tensión crea entre narrador y lo dicho.

Palabras clave: Narrativa, cuento, violencia, desapropiación, tensión narrativa, niñez, escritoras mexicanas

Abstract: The literary production of Mexican writers Socorro Venegas and Sylvia Aguilar Zeleny has turned into a sounding box for topics such as violence against children and young adults, negligence, underage labor, early pregnancy, and alcoholism. Their work establishes a dialogue with what Cristina Rivera Garza calls “des-appropriate esthetic” which leads to a narrative that responds to the common good. This article studies some short stories in the books La risa de las azucenas (1997) by Venegas and Nenitas (2013) by Aguilar Zéleny, the use of the voice of children to expose concepts of violence and power. The study is based on David Stromberg’s concept of “narrative tension”, which claims that the narrative value of a text and the reader’s interpretive horizon is based precisely on the distance created by tension between the narrator and what is being narrated.

Keywords: narrative, shortstory, violence, desappropiation, narrative tension, childhood, Mexican female writers

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Y ellos lo aceptaron, se olvidaron de Cristina que hablaba sola.
Socorro Venegas


Yo no quería ser una niña, yo quería ser pescador.
Silvia Aguilar Zéleny

Introducción

De acuerdo con el informe anual “México 2017” de UNICEF seis de cada diez niñas, niños y adolescentes entre uno y catorce años han experimentado algún método violento de disciplina infantil en sus hogares, y uno de cada dos ha sufrido alguna agresión psicológica por algún miembro de su familia (UNICEF, 2017). Las niñas son las más afectadas con siete de cada diez víctimas. En 2018, el periódico La Jornada reportaba que en el mismo país “3.1 menores son asesinados al día” y entre 2006 y 2016 casi 7 mil han desaparecido” (Xantomila, 2018). Christian Skoog, representante de UNICEF, asegura que “la violencia que viven los niños y los adolescentes es generalizada, las agresiones las encuentran en sus casas, las escuelas y en la calle” (apud Xantomila, 2018). Son la pobreza, la marginación, el alcoholismo, la enfermedad, el secuestro, la ignorancia, la corrupción y la negligencia de la sociedad y las autoridades los que ponen a este importante segmento de la población en situaciones de indefensión y fragilidad frente a los adultos, la mayoría de las veces de forma normalizada en los contextos sociales y legales. Frente a esto, es la literatura, con su capacidad de acercarse a la intimidad de los individuos y los hogares, la que en muchas ocasiones explora estas problemáticas al mostrar diversos matices y ángulos de las condiciones que viven los menores y cómo se marcan sus personalidad y carácter. El reto creativo al que se enfrentan las/os autoras/es en su quehacer escriturario es interpretar la experiencia de sus protagonistas en un juego entre apropiación y desapropiación, pues nunca se puede penetrar en su totalidad la mente de un/a niño/a.

Este ejercicio de dar voz a los menores se observa en la tradición literaria en obras como Lilus Kikus, de Elena Poniatowska (1954); Balún Canán, de Rosario Castellanos (1957) o La semana de colores, de Elena Garro (1964), en las que se muestran personajes niños que interactúan entre ellos, o con adultos, o con sus espacios, o con sus sentimientos, para mostrar al lector los dobles discursos de la sociedad, la incapacidad de acceder a su mundo interior y la forma cómo resisten y sobreviven su condición. En los últimos treinta años en la producción literaria escrita por mujeres se observa un renovado ímpetu en el uso de voces infantiles para jugar entre la voz de un narrador asumido como adulto pero que ve su vida en retrospectiva, y la de un niño que se observa tanto a sí mismo como a través de la mirada del adulto, creando una tensión narrativa que potencializa la historia y el hecho narrado. Tal es el caso de Socorro Venegas (San Luis Potosí, 1972) y Sylvia Aguilar Zéleny (Hermosillo, 1973) quienes, en historias de gran complejidad y calidad estética y temática, dan voz a niñas/os y jóvenes. Sus obras constituyen un ejercicio de “desapropiación” es decir, “la apertura de diálogos que permiten a la letra escrita abrirse a lecturas y oídos de muchos otros, y a contribuir con el bien común” (Rivera Garza, 2017).

Este ensayo revisa una selección de cuentos compendiados en sus libros La risa de las azucenas (Venegas, 1997) y Nenitas (Aguilar Zéleny, 2013) para analizar las prácticas discursivas y descubrir de qué manera las autoras aprovechan la gran plasticidad de los niños para redefinir nociones de violencia y poder en ámbitos tanto urbanos como rurales. Las obras seleccionadas se ubican entre 1990 y 2010, periodo que comprende las presidencias desde Carlos Salinas de Gortari hasta Andrés Manuel López Obrador, y que coinciden con los años de auge del neoliberalismo y la llegada al país de la narcopolítica, los cuales han impactado a la sociedad mexicana con altos índices de pobreza, principalmente en el ámbito rural, y de violencia en todo el ámbito nacional.

La lectura de los cuentos seleccionados de estas dos escritoras se hace a través de las ideas que propone Cristina Rivera Garza, en específico, de su concepto de “desapropiación”, desde donde se ve al texto con un destino final que es el lector y donde el autor renuncia críticamente al concepto de Literatura (con L mayúscula) y, en cambio, lo lleva a “apropiarse de las experiencias y voces de otros en beneficio de ella misma y sus propias jerarquías de influencia” (2017). De igual forma, se emplea para el análisis el concepto de tensión narrativa que, de acuerdo con David Stromberg, se construye a partir de la voz de un narrador que crea duda a través de jugar entre ser confiable y no serlo. Es decir, cuando la tensión se preserva, la mentira y la ambigüedad funcionan para iluminar al lector en su comprensión del texto (Stromberg, 2017: 70). Esta lectura crítica de las obras narrativas de Venegas y Aguilar Zéleny nos permite movernos entre esa reflexión crítica y el gozo estético del cuento, donde nada queda al azar.

Escritoras en diálogo: Socorro Venegas y Sylvia Aguilar Zéleny

La revisión del perfil de las escritoras a estudio debe ser parte integral del ejercicio de desapropiación de los estudios críticos, para evitar con ello la mirada sesgada y parcial de verlas como seres aislados de la sociedad y juzgadas solo a través de una parte de sus obras. A Cervantes se le reduce, e incluso se le confunde con el Quijote; se reconoce a Rosario Castellanos solo por su obra Balún Canán, o a Laura Esquivel por Como agua para chocolate, y de sor Juana Inés de la Cruz solo se recuerda la estrofa de versos “Hombres necios que culpáis a la mujer”, por ejemplo. La crítica desapropiativa propone crear un espacio suficientemente amplio para que las y los autores puedan presentarse a sí mismos y ser vistos de manera integral, siempre tomando en consideración biografía y obra como un binomio constitutivo de esta integración.

Socorro Venegas estudió comunicación social en la Universidad Autónoma Metropolitana. Ha sido coordinadora del periódico La Jornada, guionista del programa “La Divina Comedia” de Radio Educación, jefa de redacción de Mala Vida y tutora del FOECA-Morelos, así como coordinadora de la sección de obras para niños y jóvenes del Fondo de Cultura Económica. Ha impartido diversos cursos y talleres y tiene una amplia producción literaria que comprende títulos como La risa de las azucenas (1997), La muerte más blanca (2000), Todas las islas (2002), Será negra y blanca (2009), Vestido de novia (2014) y La memoria donde ardía (2019). Su cuento “Johnny Deep” está incluido en diversos libros de texto en los Estados Unidos, haciéndolo uno de los cuentos más leídos escrito por una escritora mexicana. Entre sus premios están el Premio de Poesía y Cuento Benemérito de América 2002 por Todas las islas; el Premio de Novela Carlos Fuentes 2004, categoría Opera Prima, y Mención honorífica en el Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2010 por Será negra y blanca, así como diversas becas e intercambios artísticos como la residencia en el Writers Room de Nueva York (2003). Colabora en diversas revistas como Literal. Latin American Voices.

Claudia Guillén hace referencia a la fuerza de las imágenes que pueblan su prosa “imágenes que nos introducen en atmósferas verídicas, descarnadas, realistas, generadoras de diversos estados de ánimo” (2009: 98). Antonio Ramos dice que algunas características de la obra de Socorros Venegas son “la lenta mirada sobre el dolor” y “la pérdida como eje constructor en las tensiones narrativas” (2015).

Por su parte, Sylvia Aguilar Zéleny estudió Letras en la Universidad de Sonora, y tiene una maestría en Estudios Humanísticos por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM) y otra en Escritura Creativa en la Universidad de Texas. Es Visiting Writer, en el campus de El Paso y autora de los libros de cuentos Gente menuda (1999), No son gente como uno (2004), Nenitas (2013), Señorita Ansiedad y otras manías (2014), y las novelas Una no habla de esto (2008), Todo eso es yo (2016), El libro de Aisha (2018a) y Basura (2018b). Es creadora de la serie juvenil Coming Out, conformada por seis novelas escritas por encargo de Epic Press. Ha ganado premios como el Regional de Cuento Ciudad de La Paz 2012 por Nenitas; el Nacional de Novela Tamaulipas, 2015 por Todo eso es yo, entre muchos otros reconocimientos. Su importante trabajo en la zona fronteriza incluye proyectos como el Laboratorio Fronterizo de Escritores Tijuana-San Diego, que coordinó junto con Cristina Rivera Garza, y la fundación de “Casa Octavia. Residencia para escritoras”.

En entrevista con Carlos Rodríguez, Aguilar Zelény dice que la escritura para ella es un laboratorio gigante con la que quiere “colaborar en la construcción de un pensamiento más crítico” (Rodríguez, 2018). Sobre Nenitas, Sara Uribe afirma que los dieciséis cuentos compendiados en el volumen son “la clase de costura que zurce los bordes ficcionales de personajes que han sido rotos por sí mismos o por los otros, pero que al mismo tiempo tienen la capacidad de diseccionar las propias fracturas para poder llevar a cabo una reconstrucción de los hechos” (Uribe, 2014).

Venegas y Aguilar Zéleny forman parte de una rica red de escritoras nacidas en la década de 1970 junto con Fernanda del Monte (Ciudad de México, 1978), Sara Uribe (Querétaro, 1978), Daniela Tarazona (Ciudad de México, 1975), Guadalupe Nettel (Ciudad de México, 1973), Marina Herrera (Saltillo, 1977) y la dramaturga Tristana Landeros (San Luis Potosí, 1974). Todas ellas comparten lo que Irma M. López dice sobre la producción literaria en el nuevo siglo que muestra una enorme heterogeneidad y flexibilidad en la forma y temas de talentosas escritoras (2010: 44), en la reflexión de temas actuales y controvertidos.

Las violencias de la pobreza, la enfermedad y la muerte

La risa de las azucenas de Venegas es una colección de veinte cuentos con historias que se ubican en contextos tanto rurales como urbanos donde las/os niñas/os participan de un mundo que la autora prefiere no llamar “infantil”, pues le resulta conflictivo el término por la connotación que pueda referirse a algo como menor, inmaduro o insignificante, restándole así la importancia que merece esta etapa de la vida (Venegas, 2018). Para ella, es importante recobrar esta voz, llena de posibilidades y plasticidad emocional, para reflexionar con ellos sobre sus circunstancias en el México actual. Los niños, en sus palabras, pueden sobrevivir y sobreponerse de una manera más practica al dolor y la pérdida, incluso mejor que los adultos, en el “el misterio inagotable de la infancia” pero, a la vez, ponen en evidencia de manera más transparente y directa en lo que les sucede (2018).

Varios de los cuentos comprendidos en esta obra dialogan entre sí, y permiten al lector seguir la vida de los personajes en varios momentos de sus vidas, tal y como si fuera el guion de una película, aunque sin una secuencia temporal o cronológica, ni la referencia clara de si se trata de los mismos personajes o si pertenecen a un mismo núcleo familiar. Con esto se crea una expectativa para que el lector tenga que usar su propia intuición para entender el proceso de crecimiento que tiene cada uno de los participantes en las historias y con ello ver las consecuencias que tienen en su vida adulta los hechos vividos durante su infancia. Así es como sabemos, por ejemplo, qué le sucede a Sara presentada al principio del libro en el cuento “La risa de las azucenas”, quien más adelante, en “El robo de la sombra”, cae en manos de “El Malo”, para ahora ya tener “triste la mirada, la frente, el alma” (1997: 103).

Varios de los personajes niños en La risa hablan en primera persona a manera de relato, en pretérito imperfecto pero salpicado con descripciones en presente, en un claro ejemplo de recuperación de la memoria y donde la perspectiva juega un papel importante para mostrar visualmente las relaciones de poder. Los niños observan desde su corta estatura a los adultos o se ven reflejados a sí mismos en ellos, sin cuestionar nada, como en el cuento “La campana de Lavinia”, la historia de una niña secuestrada que se ve a sí misma reflejada en los lentes de su secuestrador: “Se agachó para mirar bien mi cara […] y yo me vi… en sus lentes oscuros” (1997: 26). Otros cuentos muestran adultos que relatan infancias en las que fueron víctimas de sus padres, de sus maestros, de sus abuelos, de una vida de marginación y abandono tanto físico como emocional, donde se ve un tiempo interior que rige la voz de la conciencia.

Es en un juego entre certidumbre y duda que Venegas crea la tensión narrativa. Stromberg indica que, en el horizonte del trabajo literario, la tensión se crea cuando el narrador no maquilla el hecho, ni da explicaciones adicionales que borren las líneas de la duda (2017: 73). Es decir, el texto invita a problematizar aún más lo leído, para cruzar la frontera entre asumir sin cuestionar y hacer un ejercicio crítico para resolver. Lo importante para la autora es propiciar el espacio para hacer que el lector cruce “una frontera narrativa que lo haga purgar sus exploraciones morales y cognitivas” (Stromberg, 2017: 72). Esta estrategia, de crear una narración descriptiva, sin eufemismos y sin reflexiones adicionales son las que muestran aún más la crudeza de las vidas de los personajes como en la forma en que la madre de Sara y Joaquín observa a sus hijos atrapados en un destino ineludible “tan morenos que parecían de barro, con los cabellos tiesos, piojosos. Y descalzos, con las mismas ropas siempre” (Venegas, 1997: 30).

De manera similar a Venegas, otras escritoras como Itzel Guevara Santos (2018) o Valeria Luiselli (2018), utilizan las voces de los niños para abordan el tema de la pobreza, la violencia y la injusticia social como un ejercicio de compromiso creativo.2 En algunas de ellas se da lo que Rivera Garza reconoce como el pago de una deuda que tiene el escritor: “El escritor no tiene una responsabilidad con los otros; tiene una deuda con los otros. La deuda no es moral, sino material (la escritura es trabajo)” (2017). Venegas cumple con esta deuda en el personaje central en su libro, Sara, una niña muy pobre, muda y con algún problema mental, que vive en una población rural. Sara ríe a carcajadas a pesar de que su pobreza está impresa en el jacal donde vive, en sus pies descalzos que solamente una vez han tenido zapatos, los que su mamá guardó en el jacal, junto a la Virgen, “esos zapatos santos no son para los pies de Sara” (1997:10). Cada mañana la niña “llega al molino, la más más pobre; nadie le habla, casi no advierten su llegada” (11).

La marginación que sufre la gente del campo en México es uno de los problemas más graves que enfrenta el país, pues al menos sesenta por ciento de los campesinos sufren extrema pobreza (Senado de la República, 2018). Para los niños esto implica entre otros, problemas de desnutrición, retraso mental y el desarrollo de enfermedades crónicas. De acuerdo con UNICEF, en México uno de cada ocho niños presenta deficiencias alimenticias crónicas y limitado acceso a la atención médica (2019). La Secretaría de Salubridad, responsable de proporcionar estos servicios para los que no cuentan con algún tipo de seguridad social, es insuficiente para garantizar el bienestar colectivo, a lo que se suman las dificultades de transporte para llegar a comunidades alejadas y con malos caminos, así como el desabasto de medicamentos. Estas condiciones de vida se ven expuestas en historias como la de Sara y sus hermanos que, al vivir en un estado de indefensión y precariedad, sufren una situación que debe asumirse como violencia. No es solamente que la pobreza cree violencia, es que ella misma lo es per se.

Venegas nos adentra a otro aspecto de esta problemática social: el trabajo físico que desde muy temprana edad tienen que realizar los niños. La escena describe a Sara acostada en un campo blanco donde ríe: “su risa resuena sin fin como un misterio indescifrable” (1997: 10). El momento idílico se interrumpe cuando la madre “la zarandea. A fuerza la levanta, la pone de pie, le arroja un rebozo a la cabeza y después de ponerle una cubeta de nixtamal en la mano, la empuja a la calle” (10). La Ley en México tipifica como delito el descuido de las necesidades fundamentales de los niños, así como tenerlos en condiciones de vida que vulneren sus derechos más elementales, como carencia de suficientes horas de sueño, alimentación, desarrollo y educación. Sin embargo, en diversos sectores de la población es complicado diferenciar y separar entre el trabajo forzado y la colaboración al confundirse trabajo con ayuda, responsabilidad o actividades rutinarias. El Artículo 5º. de la Ley Federal del Trabajo de México marca como ilegal el trabajo de niños menores de 15 años, así como jornadas inhumanas y excesivas (2019: 3), pero la realidad dice que más de 3.2 millones de ellos, en lugar de ir a la escuela, trabajan (Excelsior, 2018). La conciencia que ha creado este problema ha llevado incluso a la constitución del “Día mundial contra el trabajo infantil”, el cual se celebra el 12 de junio. En el caso de países subdesarrollados el tema del trabajo de menores toma dimensiones insospechadas, no tanto por la falta o no de instancias legales que protejan a los niños, sino específicamente por los usos y costumbres, la necesidad y el hambre que más de cincuenta y tres millones de personas sufren en México (Forbes, 2017) complica la identificación y tipificación de ciertas conductas como actos violentos.

Otro problema dentro del círculo vicioso entre pobreza, sus causas y sus consecuencias es la maternidad precoz que sufren niñas y jóvenes tanto en el campo como en la ciudad, que aunque no en todos los casos es consecuencia de un acto violento como una violación, el hecho de que suceda a una temprana edad, implica ya una violencia. En la actualidad, se calcula que en México seis de cada diez niñas tienen su primer hijo antes de los catorce años (Valadez, 2018). La Organización Mundial de la Salud (OMS) informa que en 2016 “se registraron 11,808 nacimientos entre niñas de 10 a 14 años (LPAS México, 2018). En las zonas rurales, esto es aún más común pues las condiciones sociales y religiosas de vida de las mujeres reducen sus posibilidades a acceso al control y la prevención natales.

Venegas nos lleva a reflexionar sobre este tema en su cuento “Los hijos de Ana”, el cual amplía la historia de “La risa de las azucenas”. En él, Ana tiene veinte años y cuatro hijos, “Ana se siente vieja” (1997: 29), dice el narrador. Dos de ellos —Sara y Joaquín— comparten la sordera y el retraso mental. La madre se culpa por lo sucedido y piensa que Joaquín nació “con los oídos y la garganta cerrados” debido a “aquella caída” (29). El niño de cinco años no responde por su nombre, sino que enseña “los dientes, se ríe, parece tonto y echa la cabeza hacia atrás como si preguntara ¿qué? ¿qué?” (29).

Venegas crea la tensión narrativa en “La risa de las azucenas” y “Los hijos de Ana” al entrelazar las dos historias y representar a la joven madre, embarazada de Joaquín, como una niña –“Ana es tan niña a veces” (1997: 28)–, quien en un descuido, por sentirse niña y cerrar los ojos mientras camina, tropieza, cae y rueda hasta golpearse tanto que “le duele el niño que trae en las entrañas”. La caída provoca el parto de Joaquín. En estos dos cuentos se puede observar a los personajes en total indefensión, tanto adultos como niños son víctimas de una realidad que no cuestionan. En contraste está “Los niños que van a morir”, donde también aborda el tema de la salud, pero se observa un cambio en el uso de un narrador-personaje que presenta a todos los participantes en la escena para mostrar cómo cada uno de ellos cuestiona lo que está sucediendo con la enfermedad de su hermano de siete u ocho años moribundo. Desde su lugar de niña ve cómo su madre reza alabanzas a “un dios que no la miraba a los ojos. Clavado en su cruz, veía el suelo. No le dio la cara, no la miró” (62) y escucha a su hermano repetir: “Por favor/ aquí / quiero /quedarme” (63). Ella misma se cuestiona “¿Cuáles son las preguntas de un niño enfermo?” (61) para mover al lector al plano de la incertidumbre y de la voluntad de cambiar el destino.

Stromberg nos recuerda que el narrador no debe ser en todo momento confiable, pues debe dejar una duda para enfrentar al lector dentro de la irreconciliable distancia entre moral y entendimiento cognitivo (2017: 68). Es posible entender el hecho —un niño enfermo moribundo— pero la dimensión moral puede ser cuestionar, como lo hace la narradora al afirmar que “no es bueno que un niño llore la muerte, no debe saber eso, mucho de su mundo puede acabar allí” (65).

El ejercicio de desapropiación que realiza Venegas en estos cuentos lleva al texto de regreso al contexto, para ser parte de la noción de los otros (Rivera Garza, 2017) con historias narradas sin eufemismos, ni disfemismos, para que el texto recupere su libertad y quede en manos del lector, que ha de pensarlo desde sus propias interpretaciones. De igual modo lo hace Aguilar Zéleny, quien coincide con Venegas en que las voces de los niños dan grandes posibilidades narrativas (2018) para referirse a otros problemas que se relacionan de manera directa o indirecta con la violencia, como el alcoholismo.

Mirar a los adultos a través de una botella de alcohol

El problema del abuso del alcohol en madres es un tema ampliamente silenciado en la sociedad. Diversos estudios muestran que el alcoholismo en las mujeres enfrenta complicaciones muy particulares en comparación con el de los hombres, debido al aislamiento que sufren las víctimas por su género con el núcleo familiar. En términos generales, las mujeres en México son sancionadas y criticadas de una manera más severa cuando infringen reglas sociales y estereotipos que se les han impuesto, lo que propicia aún más su aislamiento en el hogar por lo que tienden a buscar menos ayuda. Cuando las mujeres son así mismo madres se complica aún más la posibilidad de rehabilitación debido a que, como norma, ellas son las que están a cargo de los hijos. Sobre este tema, el estudio realizado por Janette Góngora y Marco Antonio Leyva recoge testimonios de mujeres que exponen cómo son doblemente discriminadas: “vivimos discriminación cuando somos borrachas y cuando deseamos recuperarnos” (2005: 91). De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Salud Mental y Consumo de Drogas, Alcohol y Tabaco, en una muestra representativa de 56,877 personas, se observa que entre 2011 y 2016 hubo un incremento que pasó del 0.4% al 3.9%.en el consumo semanal de alcohol entre mujeres de entre doce y diecisiete años. Dentro del mismo periodo, en una medición mensual, mujeres entre dieciocho y sesenta y cinco mostraron un incremento del 4.1% al 10.3% (Reséndiz, 2018).

La representación de una cultura del alcoholismo, drinking culture, en la literatura mexicana tiene un lugar significativo y diversos escritores han abordado el tema, como en el caso de Juan Rulfo y sus cuentos de El llano en llamas (1953), Patricia Laurent Kullick con La Giganta (2015) o Laura Esquivel con A Lupita le gustaba planchar (2014). Sylvia Aguilar Zéleny tiene también en su obra a personajes que sufren por el alcoholismo, como en Nenitas.

El título, tal y como la escritora lo ha dicho, se toma del diminutivo de “nenas”, que puede tener tanto una connotación afectiva como despectiva, para describir a una persona infantil, cobarde, llorona o frágil. “Una forma de insulto y condescendencia” (Aguilar, 2018). Nenitas se ubica en la escuela y el hogar con una voz narrativa que se mueve entre presente y pasado. Algunas de las historias presentan a niños indefensos que obedecen en silencio a los adultos. El cuento “Los platos eran enormes” es uno de ellos, ahí se describe la violencia que viven dentro del espacio doméstico con una madre con problemas de alcoholismo. La historia empieza frente a una mesa, cuando la madre obliga a sus dos hijas pequeñas a comer “puré, carne y verduras” en cantidades gigantescas. “A comer, dijo. No recuerdo bien, pero supongo que nos mordimos el labio o escondimos las manos dentro de las mangas” (2013: 43). La paradoja se crea a partir de la internalizada función materna como responsable de alimentar a los hijos y la ambigüedad entre el hogar idealizado como oasis y su representación como un espacio de conflicto, con una madre que no es una facilitadora de cuidados, sino alguien que somete y amenaza parada “a un lado de la mesa, manoenlacintura” (2013: 44) a esperar que sus hijas coman en silencio. La secuencia de imágenes se concatena hasta llevarnos a la verdad de lo que sucede en ese hogar. Primero, es la imagen de la madre que avanza por el largo pasillo con el vaso en la mano y el sonido de sus tacones, elementos que dan el referente a la clase social de los personajes. Después, es el sonido de la botella que vierte, el ruido de los cubos de hielo, la voz de la madre cantando “la canción de siempre” de Lupita D’Alessio (44). Por último, la referencia a la repetición de esta situación en donde Aguilar Zéleny muestra la imposibilidad de los niños de salvarse de una práctica que se repite día a día y los deja atrapados en un círculo del que no pueden escapar. El cuento pone en evidencia el silencio que se da en torno a la condición de la madre y el maltrato que sufren las niñas cuando señalan que

no dijimos nada. Ni esa vez, ni las siguientes que vinieron. Ni Marina ni yo decíamos nada. Nunca dijimos nada, ni a papá ni a nadie. Comíamos, solamente. No era fácil, los platos eran enormes. Infinitos. La primera vez tenía ocho años (2013: 45).

Otro cuento en este libro que aborda este mismo tema es “Total”, título que hace referencia a la canción que la cantante Vicky Carr hiciera famosa en los 1980. Se trata de la historia de una niña que vive una relación disfuncional entre sus padres, la infidelidad y el paulatino deterioro de la autoestima de la madre y su adicción al alcohol ante la total complicidad de los hijos y la familia. La escena se centra en las fiestas familiares de los fines de semana. Los niños deambulan en un mundo donde los adultos toman, fuman, se seducen, sin que los pequeños sean notados. Otras escritoras han hecho referencia a las complicaciones que vienen de este tipo de “convivencias” multitudinarias y periódicas, como Adriana González Mateos en El lenguaje de las orquídeas (2007) e Itzel Guevara con su libro Santas madrecitas (2008), en donde los niños están expuestos a diversos abusos por el consumo excesivo de alcohol de los adultos. En “Total” la referencia a la doble moral y las apariencias se describe de esta manera:

Mi mamá bebe, total, se emborrachará igual que papá, sin papá, para molestar a papá. Lo hará cada sábado hasta que un día tendrán que quitarle la vesícula y el doctor diga: señora, ya no podrá tomar alcohol, y mi mamá replique: doctor, yo no bebo, una cosita de vino muuuuuy a la larga, y nosotros diremos: es cierto, doctor. Ella no bebe: una cosita de vino muuuuuy a la larga (Aguilar, 2013: 13).

El párrafo anterior es un ejemplo del uso de la voz de la narradora y de cómo la autora yuxtapone dos momentos para tratar el tema de la doble moral en la sociedad. Primero, está la escena donde la madre, dentro del espacio privado del hogar, bebe y los hijos lo saben. Segundo, se la muestra ya expuesta a la mirada de los otros —un doctor en este caso— ante la disyuntiva de optar entre aceptar la realidad o mentir. La complicidad de los hijos es la bisagra que une los dos espacios al ser ellos quienes la observan en ambos ambientes y mienten para encubrir una vergüenza familiar: “y nosotros diremos: es cierto doctor” (2013: 13). Tamara Yacobi sostiene que en muchos textos el narrador es confiable en el contexto del texto pero los personajes no son fiables para causar la extrañeza en el lector (2001: 227) y revelar la “verdad” a través de la mentira.

En “El día que murió papá”, otro de los cuentos, se ve de nuevo esta estrategia, ahora al utilizar la tensión narrativa que crea la memoria. Acá, Aguilar Zéleny da voz a una mujer que intercambia recuerdos de un maltrato continuo sufrido de niña por su padre alcohólico, así como el abandono emocional y el conflicto que esto crea en su edad adulta. “Las pocas palabras que pronunciaba para o por nosotros eran, cuando mucho, manchas en el silencio. (“Inútil”, “una vergüenza”, “ridículo total”…] Pronunciaba nuestros nombres como quien escupe al piso” (2013: 36). La violencia que se revela en esta historia sale de la experiencia de la enfermedad misma –“mi padre es una enfermedad sin remedio” (36), expone la narradora–, que fue deteriorando la autoestima de sus hijos a lo largo de toda su vida.

La tensión entre narradores y personajes se da mediante cambios en la tipografía (el tamaño de la letra, por ejemplo), pero fundamentalmente en el cuestionamiento de la naturaleza del papel del personaje, la indecisión y la indefinición de la autora-personaje en guardar su distancia entre la historia ficticia y su propia historia. Esto nos remite a lo que Stromberg llama los gaps y blanks, es decir, a los espacios y vacíos que hacen que sea el lector el que deba llenarlos (2017: 66). La duda en la lectura una vez más es la que invoca al mundo, la duda es confiable al extender la relación entre narrativa, experiencia y realidad.

Venegas también aborda el problema del consumo de alcohol. En “El globo terráqueo” una mujer narra en primera persona cómo su padre marca su vida de niña: “Mi padre me vio crecer a través de una botella” (1997: 32). El tema central de la historia es la pérdida de la inocencia infantil y el padecimiento de la violencia de la adicción pues miles de niños crecen viendo a sus progenitores hacer cosas como “gritar, romper cosas contra la pared, a espantarse con sombras y correr a abrazarse de árboles” (32). La escritora utiliza la voz interior para exponer los sentimientos de culpa de sus personajes y la relación conflictiva que desarrollan. Maricruz Castro Ricalde dice que las víctimas de la violencia en una importante cantidad de obras narrativas terminan por aislarse en una automarginación que las hace “volcarse hacia su interior” (2017: 68). La Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes, en su Artículo 47, penaliza “el descuido, negligencia, abandono o abuso físico, psicológico o sexual” (2019: 44), que es lo que sufre esta niña desde la muerte de su madre. El abandono va desde lo más simple, como perder “las fiestas de cumpleaños y pasteles y vestidos y zapatos nuevos” (Aguilar, 1997: 33) y el olvido de la fecha de un cumpleaños que ya nadie le recordaba (1997: 33), hasta el abuso psicológico sistemático.

Las niñas y los niños retratados en los cuentos de estas escritoras muestran violencias que convierten el hogar de un espacio de protección y crecimiento, a un espacio de supervivencia en donde los adultos fracasan en su función de protección. La mirada de los niños los observa desde su lugar de “criaturas fronterizas, seres marginales a quienes no vamos a conocer del todo” (Venegas, 2018). Por ello, la desapropiación que ambas autoras hacen es no solo contar la anécdota, sino crear la verosimilitud necesaria usando la voz del niño o de la niña pero sin apropiarse de ella. Stromberg llama a esto crear el “contexto coherente” (2017: 66), es decir crear un escenario en donde las problemáticas aparecen como “normales” como en el caso de la violencia intrafamiliar, cuando el narrador renuncia al impulso de resolver dichas problemáticas y permite que el lector dimensione de una manera más amplia sus consecuencias. Es decir, preservar la tensión al colocar a víctimas y victimarios en un mismo plano moral (73). En la siguiente sección se explora otro recurso utilizado en la obra de ambas escritoras: la violencia de niños a animales, como efecto de su propio conflicto interno, dentro de su propia liminalidad infantil.

De niñez y animales. Voces del secuestro y el desarraigo

En términos generales, las/los niñas/os muestran vínculos afectivos, apego, desarrollo sensible y curiosidad por los animales. Los casos donde se observa crueldad hacia ellos se catalogan como síntomas de ansiedad o desórdenes de la conducta o comportamientos antisociales (Gullone, 2014: 43). Venegas y Aguilar Zéleny coinciden en varios cuentos con niños que interactúan con animales.

Uno de ellos, al que nos gustaría hacer referencia es “La campana de Lavinia”. Ahí Venegas cuenta la historia de una niña de tres años que es secuestrada en plena vía pública y bajada del automóvil donde viaja con su madre y un chofer al que golpean con la culata de la pistola (1997: 24). Los plagiaros se la llevan a lo que parece ser una granja y la tienen en cautiverio durante meses. Ahí las lombrices, las gallinas, los guajolotes y las ratas se convierten en su compañía. Conforme avanzan los días, la niña escucha las amenazas de matarla ––“cualquier noche de estas”– que hacen sus secuestradores por teléfono, y es cuando sus juegos infantiles se transforman en una tortura impasible, como desplumar vivos a los guajolotes o enterrar vivas a las ratas: “Cuando le arranqué las plumas al guajolote se sorprendieron de veras… El chaparro, que no lo era, pero junto al otro se veía casi enano, se burló, dijo que estaba enferma” (1997: 23).

El problema del secuestro de menores en México ha alcanzado cifras históricas en los últimos años. Se calcula que, en los últimos doce años, más de 6,600 niños y jóvenes han desaparecido (The Guardian, 2018), posicionando al país como uno de los primeros en el mundo con este problema.3 Diversos estudios muestran que en los contados casos en que las víctimas se han recuperado, éstas presentan problemas de ansiedad y de identidad, tal y como se aprecia en el siguiente testimonio: “Después de 7 años de luchar para descifrar quién soy, sé que no puedo hacerlo. No puedo descifrar quién soy porque no terminé de crecer” (Oficina de Justicia Juvenil, 2010). El cuento de Lavinia nos remite a este conflicto de identidad mediante el uso que hace la niña de la campana que se cuelga al cuello, para no perderse en aquel lugar “donde yo no sabía quién era yo, la buscadora, ni ellos, los que me encerraban” (1997: 21).

Otro cuento, ahora de Aguilar Zéleny, es “Nunca rabia”. Elena, a los ocho años, mata por primera vez un pescado y descubre lo que de adulta describirá como “instinto” y otras veces como “placer” pero “nunca rabia” (2013: 47). Su madre la encuentra despedazándolo cuando sale del cuarto donde se acaba de pelear a gritos con su padre, y le dice con una “dulzura sorprendente” en un cambio de tono totalmente ambiguo: “Elenita, tienes que controlar tu rabia” a lo que la niña responde con una voz igualmente dulce “pero yo no siento rabia. Siento muchas cosas, pero eso no” (2013: 47).

Ante la contradicción que vive la niña a causa de unos padres que tratan de guardar las apariencias, aunque todo el tiempo se gritan, ésta reacciona lastimando a animales mientras piensa que detesta la dulzura que algunos de estos muestran en su mirada, “una especie de dulzura que aborreció desde el principio” (2013: 47). En otra escena siente un impulso inexplicable que llena su cuerpo por dejar caer el golpe frío y certero de una rama sobre un animal:

La cosa se movía aún y ella dejó caer la vara, una vez, dos veces, tres veces. No sentía asco, no sentía miedo, no le importaban las manchas sobre sus zapatos. Cuando terminó, pateó el animal, aventó la vara y experimentó una sensación que no podría definir […] pero le agradaba” (2013: 48).

En “Sueño con la bahía”, del mismo libro, la historia es la de una niña que sufre desarraigo y soledad. Se trata de la hija de un pescador y su relación con la playa y el mar. Su madre, una mujer de ciudad, quiere regresar a la metrópoli por lo que ambos pelean constantemente. La escena del cuento anterior se repite. La niña escucha también tras la puerta los pleitos, a la madre se queja amargamente de que él la llevó a vivir a un lugar donde ella no quiere estar. En una de esas discusiones, la niña se sienta frente a la mesa con un pescado en sus manos:

Los ojos del pescado estaban ahí, viéndome, hablándome, tomé el cuchillo y chas, le corté la cabeza; otro chas y la cola. Lo corté en diagonal, metí mi mano y saqué sus vísceras, fácil, como si llevara toda la vida haciéndolo. Después un corte aquí, chas, otro allá, chas (2013: 31).

También es la madre la que la encuentra haciendo esto, quien le reclama que “esa no es una labor de niña”.

Aguilar Zéleny apunta en este cuento a otro tema que marca la vida de los infantes, la migración del campo a las ciudades, el problema del desarraigo, de la pérdida de identidad y la compleja situación que viven cuando la migración es a la capital. La historia muestra mediante el uso de la figura de la Bahía —un mundo que la niña gobernaba (2013: 29)— misma que pierde junto con su sentido de pertenencia, empobrecimiento desarraigo, e identidad.

Mi madre es la culpable. Fue ella quien decidió que dejáramos La Bahía. Me quitó el cielo, el mar. La tierra. Me trajo a vivir al fuego. Mi padre también es culpable, él a fin de cuentas dijo que sí, bajó la cabeza. Pensándolo bien, mi padre es más culpable, su amor por ella fue más grande que su amor al mar. (2013: 29)

La protagonista expone la idea del poco entendimiento que la gente de las ciudades puede tener del gran conflicto que sufren los niños que migran: “rentamos una casa en el centro de esta ciudad donde yo no gobierno nada, donde yo no sé nada” (2013: 32).

De acuerdo con el reporte realizado por Joni Johnston, “Children Who are Cruel to Animals: When to Worry”, las estadísticas muestran que treinta por ciento de los niños que han presenciado violencia doméstica actúan de la misma manera en contra de los animales (2011). Aunque el tema de esta forma de crueldad en la literatura no es nuevo, como en la obra de Arturo Pérez-Reverte, Los perros duros no bailan (2018) y la de Otto Alexandre Brug, La sociedad de las sombras (2011), las obras que relacionan a niños infligiendo violencia a los animales, entran en un espectro distinto.

La literatura mexicana, tal y como Ignacio Sánchez Prado lo observa, es por sí misma un lugar para el pensamiento teórico con muchas tensiones productivas y sus interacciones con la “teoría” definidos ampliamente en espera a ser explorados (2018: 4).4 Así sucede con las obras de Aguilar Zéleny y Venegas y su empleo de una estética que invita a imaginar y extender los hechos a un abanico más amplio de posibilidades para entender la violencia. La siguiente sección aborda uno de los problemas más predominantes en la actualidad, el acoso entre niños o iguales, o bullying, como se conoce en inglés.

Nenitas” y el fenómeno del bullying. A manera de conclusión

El cuento que da nombre al libro Nenitas nos acerca a la violencia entre niños. La historia de tres amigas, Renata, Sandra y Paty inicia en in media res, cuando la maestra les avisa que Rodrigo, otro compañero del salón de clases, ha sufrido un accidente y tiene fractura en el cráneo. Las niñas saben que es lo que ha pasado, así como que el compañero de salón no volverá a molestarlas, a amenazarlas o a burlarse de Sandra cuando esta se orine, ni tampoco a llamarlas “nenitas”. Sandra es la que se había convertido en el objetivo del niño, quien de continuo le decía al oído que la iba a matar (2013: 22). Antes se habían quejado repetidamente con la maestra y ésta las ignoró, por lo que ellas mismas deciden resolver su problema. Es Renata la que golpea a Rodrigo en la cabeza con una lonchera. El cuento termina con el origen de la historia, cuando Rodrigo llega diciendo “aquí están las nenitas, como siempre, jugando a la comidilla” […] “Las nenitas, las nenitas”, repetía. “Renata sabía bien lo que tenía qué hacer. Se levantó. Sandra se hizo para atrás y Paty le dio su lonchera a Renata. Ella, ella hizo lo demás”. (2013: 24)

En relación con este complicado tema, muestra de algunas de las diversas problemáticas que este artículo ya ha tratado, Laura Toribio anuncia que, de acuerdo con la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), México continúa en el primer lugar internacional “en casos de acoso escolar”, afectando a un 40% de las/os niñas/os de primaria y secundaria (2019). El problema, radicado principalmente en las escuelas, se ve como resultado de actitudes aprendidas y experiencias que se dan en los entornos familiar y social, así como la exposición de los niños a una violencia tácita de manera continua, problemas de autoestima, falla de mecanismos de alerta temprana y de estudios que vayan más a fondo en sus causas.



Fragmentarios son los recuerdos de los niños en otras historias de La risa de las azucenas —“Cristina” y “El robo de la sombra”—, así como en Nenitas —como en “Odio mi vida” y “Hábitos de sueño”—, en donde se hace evidente la falta de comunicación dentro de los hogares, el abuso intrafamiliar y la indiferencia de madres y padres ante sus necesidades y carencias emocionales. Lo que las escritoras logran es dar voz a los niños, sin adueñarse de ella y sin impostarla, no para lograr la verosimilitud necesaria en toda narración que la busque, sino para desapropiarse de ella y desentrañar al individuo dentro del proceso creativo. El cuento es el recurso que ellas utilizan porque en la precisión que éste demanda, es posible crear intensidad en una atmósfera en donde todo debe ser sólido, con elementos relevantes que al final hacen sentido (Venegas, 2018).

Una agradable coincidencia es ver en el cuento “Yo, duelo”, de Aguilar Zéleny, que la protagonista está leyendo a Socorro Venegas en su camino al funeral de su madre, y subraya la frase “la voraz memoria de los objetos” (2013: 59).5 El hecho que la escritora utilice este recurso intertextual nos remite a la existencia de una red que refuerza la idea de Rivera Garza de que la desapropiación expone el trabajo comunitario, lo hace visible y tangible. Las historias de estas excelentes narradoras revelan su gran preocupación por el problema de la(s) violencia(s) a la que niñas, niños y jóvenes están expuestos, y asumen un compromiso con su sociedad al responder con obras que crean una tensión narrativa que lleva a la reflexión a través de historias de gran calidad, originalidad y valor estético.

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1Este artículo forma parte del proyecto “Hablemos Escritoras Podcast y de Proyecto Escritoras Mexicanas Contemporáneas”.

2 Ver más sobre esto en (Pasternac et al., 1996).

3 Ver más en (Cawley, 2014).

4 “Mexican literature is itself a site of theoretical thinking with many productive tensions and engagements with ‘theory’ widely construed that are yet to be opened and explored” (Sánchez Prado, 2018: 4)

5 Subrayado en el original.

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